jueves 13 de agosto de 2009

Caretas, cotidianidades, anhelos

Caretas

Mantengo en vela la tristeza de mi alma
mientras la luz citadina oscurece mi cama
mas una lectura me integra a esta trama
de oscura verdad que endurece mi alma.

Descubro en lo incierto verdades a medias;
mi cuerpo se cansa de tantas facetas;
el silencio me ronda y destruye caretas
que nunca desearon actuar en tragedias.

Lo absurdo se entromete en cada rincón,
me confunde el deseo en conflicto con la razón
y aunque desespero, encuentro una opción
que a los ojos de nadie es buena elección.

A esos ojos oculta la verdad el telón
y esa vista confusa revela quien soy.



Cotidianidades

Firmemente he deseado dejar este puesto
y más firmemente me aferro a este lugar
pero el Occidente no admite compuesto
y en causales lineales me condena a fallar.

Más cómodo resulta culpar a alguien más
quitarse ese peso es, en sí, liberar
y es esta mentira la zorra a cazar
cuando el espíritu no se logra elevar

Aparece curiosa la contradicción
a los ojos cerrados a toda ocasión
y es que la verdad no es nunca presente
para aquel que a su vida parece ausente

Mi ciudad diseñada para no voltear al cielo
encierra en su muros curiosidades y anhelos


Anhelos

Curiosa enseñanza deja en mis entrañas
aquella persona que no conocí,
aquellos lugares de lejanas cabañas
y aquel grueso libro que nunca leí.

Observe sin ver lo que realmente eran;
escuche sin oír lo que quisieron decir;
entendí sin saber de que se reían
pero no comprendí de que trata vivir.

Brillante manantial que aún no revelas
los oscuros secretos que manan de ti,
pues en tu agua no hay ni luces ni velas
que iluminen lo que quiero saber de mi.

Pero siempre la sed me mata y condena
a regresar y beber, cargando mi pena.

lunes 15 de diciembre de 2008

... la muerte (segunda parte)

Ante esta falta de curare que es lo que determina nuestro “andar en el mundo”, el hombre se siente vacío, a pesar de saberse trascendens, y no puede cuestionarse sobre la muerte en tanto que desconoce eso que lo hace sentirse vacío, y esta ansiedad de lo desconocido, es lo que intriga al ente que se cuestiona sobre la muerte, que en todo caso somos nosotros mismos.

El ser humano, como ente, es en tanto que logra trascender, pero esa trascendencia no es nunca alcanzada mientras no se encuentre ese curare esa ocupación de la que nos habla Ortega en su texto ¿qué es filosófia? y que nos lleva al pensar filosófico, y que sin embargo, en la muerte no podemos llevar a cabo.

En nuestra existencia efímera, la muerte esta determinada por ese fracaso en el curare, ese instante donde no podemos ya trascender más, donde viviendo, hemos llegado al punto último de nuestro curare, pero nos sabemos trascendens.

Habría que insistir en este último punto, el sabernos trascendens puesto que en la muerte, nuestra simple estancia en un tiempo definido (y como ya se mencionó, indefinido a la vez) nuestras creaciones, llevadas acabo a través de la acción, son aprehendidas, por mínimas que sean, por las personas que nos rodean, rodearon y rodearán, llámense amigos, familiares, amantes, pero se llevarán consigo y se trasmitirá entre personas, entre generaciones, ya que somo en todo caso, nosotros y “nuestra circunstancia” que implica aquellos, que nos rodean.

Somos en todo caso en tanto curare, expresión y comprensión de lo que nos curamos, y es eso lo que nos permite ser trascendens, es ese curarse del mundo lo que nos hace asimilar, como en medicina, de lo que nos estamos curando y a través de ellos, trascender, somos, por tanto, nosotros y todos a la vez, uno y todo (lo que nos rodea), por lo que a nuestra muerte, que es siempre nuestra vida, prosigue el vivir en los demás, en ese todo que forma, formó y formará nuestra circunstancia, y en la cuál perduraremos.

Una vez aclarado este punto, podemos proseguir en la esencia misma de la muerte, que determinado en la falta de curare, nos devela esa incertidumbre. En la muerte encontramos la ausencia, pero ¿la ausencia de que? ¿por qué nos genera tanta inquietud? ¿por qué la apreciamos de distinta forma, de acuerdo a quien muera o que muera?, no es mas que la ausencia de ese curare que determinó nuestra circunstancia en un momento y que en lucha con nuestro curare mismo, logró llevarnos a ese trascendens, la muerte nos deja incompletos, por que cambia nuestra circunstancia.

jueves 11 de diciembre de 2008

Breves consideraciones sobre la muerte (primera parte)

“Muerte es todo lo que
vemos estando despiertos”
Heráclito.



Abordar el tema de la muerte no es nada sencillo, haciendo una analogía con el “ser ahí” de Heidegger, podriamos encontrar que la muerte es lo más cercano ónticamente y lo mas alejado ontológicamente.

Al enfrentarnos a la cuestión que interroga por la muerte caemos en el problema de enfrentarnos a lo desconocido, ya que hablar de la muerte es tratar de encontrar, en las apariencias de esta, lo que realmente es.

Sin embargo la muerte se nos “aparece” en distintas formas, no todas las muertes son iguales, de ahí que nuestros acercamientos, el “ante nuestros ojos” inmediato, no nos permita quitar el velo que cubre ese fenómeno que tanta inquietud nos despierta.

La muerte ocupa en nuestra vida un lugar excepcional, un lugar privilegiado, que ningún otro de los fenómenos conocidos, puesto que se nos presenta como lo más inmediato, lo único seguro que tenemos en la vida, pero a la vez, lo mas incierto, lo que nos lleva a tenerla siempre presente, pero a evitar el tema.

El desconocimiento de la esencia de la muerte nos pone en una situación poco común, nuestra falsa inmediatez, donde Mnemosine nos permite “conocer”, no puede aplicarse al tema de la muerte, es imposible desde lo fenomenológicamente aprehensible configurar un acercamiento ontológico a la pregunta que develaría la esencia de la muerte.

El universo, esa percepción estática momentánea que a través de la memoria podemos “nombrar”, esa falsa concepción del logos que la tradición filosófica occidental nos ha heredado y que tomo prestada la concepción teológica de nuestro “ser”, no permite, a diferencia de todos los demás phainomenon, “enmarcar” ese momento de nuestras vidas, puesto que esa agua de Mnemosine de la que habrá que beber para no arder en sed, no corre por las aguas de Estige, ni de Aqueronte, esta ausente en Piriflegetonte y es, finalmente, en Lete, donde nos enfrentamos a la verdadera esencia de la muerte, y es ahí, en esa ausencia donde radica el problema.

¿Cómo conocer lo incognosible? Peor aún, ¿cómo abordarlo? Como mencione arriba, si no somos cuidadosos al abordar la muerte, caemos en errores básicos que nos impiden observar en profundidad la naturaleza (desde un punto de vista filosófico) de la misma. La muerte no puede ser estudiada desde sus distintas “facetas”, pues no en vano, los griegos distinguían entre Tanatos, hermano gemelo de Hypnos, y las Keres, así como nosotros distinguimos entre mi, tu y su muerte, teniendo percepciones distintas de cada caso, y solo quitando estas apariencias, ese “lo que hace referencia a ...” podremos ensayar abordar de manera correcta la muerte, puesto que quedarnos en lo anterior es mantenernos en un nivel de análisis muy superficial.

Ya Jankelevich nos aproximo a la idea, cuando nos presenta a la muerte como el paso de la nada a ninguna parte, sin embargo, comete el error de quedarse en la apariencia, no abordar la esencia misma del “ser” de la muerte, y es aquí, en esta última parte donde cabría detenernos, puesto que no basta pensar la muerte, es necesario preguntarnos sobre el ser de la muerte.

El famoso paso de la nada a ninguna parte se queda en la simple apariencia, es la percepción individual de Jankelevich, sin embargo, un acercamiento nunca antes dado, que nos abre las puertas de la percepción de lo que realmente es la muerte, no devela ese “ante los ojos”, sino al contrario lo oscurece más, y es en el afán de encontrar ese “exponer ante la luz” que podemos afirmar que el autor de La muerte no logra descifrar el enigma, sino, solo una parte, una visión.

Los occidentales, como fieles seguidores de las causalidades lineales, vemos la muerte como el fin de un proceso, o como bien lo expone Jankelevich, como aquel “error” (si así podemos llamarle) que termina con la vida de una persona. Partiendo de este punto podemos observar que Jankelevich esta determinando la vida y la muerte como entes distintos (no contrarios), podríamos decir, dos puntos distintos del mismo camino, sin embargo, camino lineal, de una causa-consecuencia.

Para lograr nuestro objetivo, debemos empezar por afirmar que la muerte no es lo contrario a la vida, no es ni siquiera distinta a esta, la muerte y la vida son lo mismo, inseparable la una de la otra, en ningún momento de la vida estamos alejados de la muerte, y en ningún momento de la muerte, estamos alejados de la vida, puesto que vivir y morir son uno y lo mismo, son el “uno es”. Por lo que vida y muerte son el mismo ente, denominado de distinta forma por creencias basadas en errores de logos arraigados en la cultura occidental.

Vida y muerte siempre van de la mano, y vivo en tanto que soy y en tanto que soy, estoy, en un lugar, en un tiempo definido, pero en tanto que vivo, muero y en tanto que muero soy, y soy en tanto que estoy, estuve y estaré (a la vez estoy dentro y fuera de un tiempo definido), y fui, soy y seré (Yahvé); soy mientras muero, y en mi muerte y mi vida soy trascendens o trato de serlo, dentro del mundo y así mismo, mientras vivo, me desenvuelvo como curare frente al mundo.

Es así como, en el curare agustiniano, encontramos el fundamento del vivir mismo, del “ser” heideggeriano, y en este curare como pre-ocupación, nos vemos envueltos en la esencia misma de la muerte, puesto que esa búsqueda de trascendencia, ese ente trascendens que buscamos ser, ese sum, que solo “aquí” logra desenvolverse y entreverse “ante los ojos”, determina el ser de la existencia en el mundo.

La muerte entonces se nos presenta así, como el trascendens mismo de la vida, pero en esa trascendencia hemos perdido el curare, la muerte es la vida sin curare, sin esa pre-ocupación de la inmediatez reflejada en nuestro cotidiano.

...

miércoles 26 de noviembre de 2008

Apología del relajo y la embriaguez

Como empezar a hablar de estos temas tan lejos y tan unidos, tan distintos y tan iguales, pero sumamente semejantes, ya que ambos, sin importar sexo, clase social, preferencias políticas o sexuales, siempre están presentes en la vida de cualquier ser humano, y sin embargo, mal visto por muchos sectores.

Relajo:

El relajo, como escape de la cotidianidad, como espacio para crear, espacio para identificarte. Ese espacio donde “el que dirán” no existe. Espacio de éxtasis en el que, al lado de buenos camaradas, la burla, el chiste y el sarcasmo se hacen presentes. Así es el relajo, imposible en la solitud, siempre requiriendo de la complicidad, de la aceptación y del reconocimiento, a costa de otro.

Nos encontramos en un estado de poder, de superioridad ante el diferente. Siempre habrá un móvil que, por más incipiente que parezca, provocará el relajo.

Genera situaciones capaces de sobrepasar la rutina, la continuidad, y hacer más soportable el vaivén de Cronos, aquel viejo Dios griego que devora todo lo que este a su paso. Es una liberación, una fiesta, que nos invita a usar el ingenio y a superar a nuestros compañeros, en que uno es capaz de hacer lo impensable. No encuentra limitaciones y sobre todo, es capaz de sacudirse las capas y capas de material artificial que conforman las máscaras que en la cotidianidad cargamos.

La carcajada y la risa son su máxima expresión, su lenguaje. Pero a su vez, es ese mismo jolgorio el fin mismo. La risa unifica, libera de ataduras; pero también divide, entre quienes son parte del relajo y las víctimas.

Es en el relajo, donde se forman los verdaderos círculos sociales, donde se encuentran las grandes amistades e incluso el amor, puesto que en el relajo mostramos el ser interior que pocas veces sale y, que sin embargo, es aquel que determina nuestra verdadera naturaleza. Es en el relajo en donde los puntos mas extremos del laberíntico andar cotidiano se juntan y se hacen uno mismo, es en ese momento mágico, cuando se descubre la realidad, es el momento mas democrático de la vida, pues no importa cual sea el objetivo, todos participamos, todos asumimos las consecuencias y todos tenemos la misma sensación de complementariedad en el otro.

Sin embargo, el relajo no estaría nunca completo sin la “locura”, una sensación de locura délfica invade nuestras percepciones, nos aleja (¿o nos acerca mas que cualquier otra experiencia?) de la realidad, y nos permite observar características ajenas a nuestra diaria percepción, y solo se compara con otra experiencia, que podemos llamar complementaria, puesto que directa o indirectamente, siempre van de la mano, es decir, la embriaguez.

En la embriaguez encuentra el hombre la salida, la liberación, la exaltación de si mismo como ente viviente, como gran conocedor, como gran creador, puesto que en la embriaguez sus sentidos encuentran una armonía totalizadora que es capaz de permitirnos percibir “todo”.

El hombre se embriaga: cuando algo anda mal, cuando todo esta bien, cuando esta feliz, cuando esta triste, cuando esta en la cúspide de su vida o cuando ha sufrido una gran caída, pero ¿por qué? ¿Por qué en situaciones tan distintas, se recurre a la misma acción? ¿Qué determina que el hombre, haciendo frente a sensaciones tan encontradas, reaccione en un mismo sentido?

Antes habíamos mencionado que es en el relajo donde el hombre encuentra esa sensación de complementariedad con el otro, y es solo en la embriaguez cuando el hombre encuentra su complementariedad con el todo, con lo que lo rodea. Sus sentidos abiertos a toda clase de sensaciones, sus acciones sin ningún tipo de restricciones morales, sociales, económicas e incluso físicas, toman nota detallada de cada aspecto de su entorno.

Un ojo embriagado es capaz de percibir los mas mínimos detalles, de edificar sobre ruinas una nueva ciudad, de crear y recrear su entorno, de concebir la realidad en su máximo esplendor, puesto que Dionisos se ha apoderado de su ser, pero es esa embriaguez dionisiaca la que permite al hombre salir de su ser, su ser social, salir de sus limitaciones, evadirlas, distraerlas por un momento y contemplar en todo su esplendor, ese fracaso, ese éxito, el dolor, la alegría, la tristeza e infinidad de sensaciones que no somos capaces de disfrutar (o sufrir) enteramente si no estamos en ese estado de trance profundo que solo la embriaguez puede concedernos.

Es el momento mismo en que la vida toma sentido, donde todo lo hecho hasta entonces tiene significación, donde los mínimos detalles cobran significado y torna la vida mas soportable ante las incesantes demandas de la naturaleza moderna y su infundado temor a la nada, donde el encuentro con uno mismo, se convierte en el éxito final de la concreción del acto y donde cada uno, desarraigado de su ser entra en la paradoja de “ser” mas que en ningún momento.

El tiempo se abre, el espacio se cierra, lo que percibimos pasa de lo bello a lo sublime en un parpadeo, demostramos nuestra inmadurez, que a la vez es síntoma de nuestra madurez y comenzamos de nuevo cada vez, regresamos al punto de partida y comenzamos de nuevo la obra que llamamos vida. Cada instante de embriaguez significa una pausa para apreciar, antes de darnos cuenta que seguimos muriendo, lo grandiosa que ha sido nuestra vida y darte cuenta que no solo estas representando un personaje (plaudite amici comoedia finita est), sino que estas en el límite de ser creador, solo te falta estirar la mano y coger el fruto de la vida eterna, puesto que ya eres uno de ellos.

TEXTO: Adolfo LIra y Esteban Nava

FUENTES:

Portilla, Jorge, La Fenomenología del Relajo
Sloterdijk, Peter. Esferas I. Burbújas
Colli, Giorgio. El nacimiento de la Filosofía
Rosset,Clement. Lo real. Tratado de la idiotez