“Muerte es todo lo que
vemos estando despiertos”
Heráclito.Abordar el tema de la muerte no es nada sencillo, haciendo una analogía con el “ser ahí” de Heidegger, podriamos encontrar que la muerte es lo más cercano ónticamente y lo mas alejado ontológicamente.
Al enfrentarnos a la cuestión que interroga por la muerte caemos en el problema de enfrentarnos a lo desconocido, ya que hablar de la muerte es tratar de encontrar, en las apariencias de esta, lo que realmente es.
Sin embargo la muerte se nos “aparece” en distintas formas, no todas las muertes son iguales, de ahí que nuestros acercamientos, el “ante nuestros ojos” inmediato, no nos permita quitar el velo que cubre ese fenómeno que tanta inquietud nos despierta.
La muerte ocupa en nuestra vida un lugar excepcional, un lugar privilegiado, que ningún otro de los fenómenos conocidos, puesto que se nos presenta como lo más inmediato, lo único seguro que tenemos en la vida, pero a la vez, lo mas incierto, lo que nos lleva a tenerla siempre presente, pero a evitar el tema.
El desconocimiento de la esencia de la muerte nos pone en una situación poco común, nuestra falsa inmediatez, donde Mnemosine nos permite “conocer”, no puede aplicarse al tema de la muerte, es imposible desde lo fenomenológicamente aprehensible configurar un acercamiento ontológico a la pregunta que develaría la esencia de la muerte.
El universo, esa percepción estática momentánea que a través de la memoria podemos “nombrar”, esa falsa concepción del logos que la tradición filosófica occidental nos ha heredado y que tomo prestada la concepción teológica de nuestro “ser”, no permite, a diferencia de todos los demás phainomenon, “enmarcar” ese momento de nuestras vidas, puesto que esa agua de Mnemosine de la que habrá que beber para no arder en sed, no corre por las aguas de Estige, ni de Aqueronte, esta ausente en Piriflegetonte y es, finalmente, en Lete, donde nos enfrentamos a la verdadera esencia de la muerte, y es ahí, en esa ausencia donde radica el problema.
¿Cómo conocer lo incognosible? Peor aún, ¿cómo abordarlo? Como mencione arriba, si no somos cuidadosos al abordar la muerte, caemos en errores básicos que nos impiden observar en profundidad la naturaleza (desde un punto de vista filosófico) de la misma. La muerte no puede ser estudiada desde sus distintas “facetas”, pues no en vano, los griegos distinguían entre Tanatos, hermano gemelo de Hypnos, y las Keres, así como nosotros distinguimos entre mi, tu y su muerte, teniendo percepciones distintas de cada caso, y solo quitando estas apariencias, ese “lo que hace referencia a ...” podremos ensayar abordar de manera correcta la muerte, puesto que quedarnos en lo anterior es mantenernos en un nivel de análisis muy superficial.
Ya Jankelevich nos aproximo a la idea, cuando nos presenta a la muerte como el paso de la nada a ninguna parte, sin embargo, comete el error de quedarse en la apariencia, no abordar la esencia misma del “ser” de la muerte, y es aquí, en esta última parte donde cabría detenernos, puesto que no basta pensar la muerte, es necesario preguntarnos sobre el ser de la muerte.
El famoso paso de la nada a ninguna parte se queda en la simple apariencia, es la percepción individual de Jankelevich, sin embargo, un acercamiento nunca antes dado, que nos abre las puertas de la percepción de lo que realmente es la muerte, no devela ese “ante los ojos”, sino al contrario lo oscurece más, y es en el afán de encontrar ese “exponer ante la luz” que podemos afirmar que el autor de La muerte no logra descifrar el enigma, sino, solo una parte, una visión.
Los occidentales, como fieles seguidores de las causalidades lineales, vemos la muerte como el fin de un proceso, o como bien lo expone Jankelevich, como aquel “error” (si así podemos llamarle) que termina con la vida de una persona. Partiendo de este punto podemos observar que Jankelevich esta determinando la vida y la muerte como entes distintos (no contrarios), podríamos decir, dos puntos distintos del mismo camino, sin embargo, camino lineal, de una causa-consecuencia.
Para lograr nuestro objetivo, debemos empezar por afirmar que la muerte no es lo contrario a la vida, no es ni siquiera distinta a esta, la muerte y la vida son lo mismo, inseparable la una de la otra, en ningún momento de la vida estamos alejados de la muerte, y en ningún momento de la muerte, estamos alejados de la vida, puesto que vivir y morir son uno y lo mismo, son el “uno es”. Por lo que vida y muerte son el mismo ente, denominado de distinta forma por creencias basadas en errores de logos arraigados en la cultura occidental.
Vida y muerte siempre van de la mano, y vivo en tanto que soy y en tanto que soy, estoy, en un lugar, en un tiempo definido, pero en tanto que vivo, muero y en tanto que muero soy, y soy en tanto que estoy, estuve y estaré (a la vez estoy dentro y fuera de un tiempo definido), y fui, soy y seré (Yahvé); soy mientras muero, y en mi muerte y mi vida soy trascendens o trato de serlo, dentro del mundo y así mismo, mientras vivo, me desenvuelvo como curare frente al mundo.
Es así como, en el curare agustiniano, encontramos el fundamento del vivir mismo, del “ser” heideggeriano, y en este curare como pre-ocupación, nos vemos envueltos en la esencia misma de la muerte, puesto que esa búsqueda de trascendencia, ese ente trascendens que buscamos ser, ese sum, que solo “aquí” logra desenvolverse y entreverse “ante los ojos”, determina el ser de la existencia en el mundo.
La muerte entonces se nos presenta así, como el trascendens mismo de la vida, pero en esa trascendencia hemos perdido el curare, la muerte es la vida sin curare, sin esa pre-ocupación de la inmediatez reflejada en nuestro cotidiano.
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